20/05/2013

I compagni / Camaradas

                                                                     W. Bolcom/ Grateful Gosht

Este mes, como invitado,  tenemos la suerte de contar con Jaime Iglesias Gamboa (1976), periodista y escritor especializado en información cinematográfica y contenidos culturales. Actualmente ejerce como corresponsal en España de CinePremiere (México) y colabora periódicamente en “Metrópoli” (suplemento del diario “El Mundo”) y “Gara”. Doctorando en Historia del Cine, posee el título de Estudios Avanzados en dicha materia con la tesina “La Commedia all’italiana”: una nación en busca de su identidad. Entre sus publicaciones cabe contarse “Robert Aldrich” (2009) para la editorial Cátedra, así como su participación en obras colectivas como “La risa oblicua. Tangentes, paralelismos e intersecciones entre documental y humor” (2009) o “El espíritu del caos. Representación y recepción de las imágenes durante el franquismo”.

Por Jaime Iglesias Gamboa
I compagni  (1963) Camaradas.
Mario Monicelli


Mario Monicelli


Reparto (imdb)

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Professor Sinigaglia
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Raoul
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Adele
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Pautasso
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Martinetti
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Bianca
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Maestro Di Meo
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Baudet
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Manager
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Luigi
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Niobe


I Compagni de Mario Monicelli como paradigma de la apuesta por un discurso crítico vehiculado desde fórmulas de representación populares. La lucha como motor de cambio.

En su (indispensable) monografía La imagen negada: representaciones de la clase trabajadora en el cine, editada por la Filmoteca de la Generalitat Valenciana en 1997, José Enrique Monterde acomete un interesante recorrido por algunas de las obras más interesantes que han recogido la dialéctica de la lucha de clases, a la par que investiga las razones  del escaso predicamento que los argumentos (y acciones) del proletariado ha encontrado, a lo largo de la historia, en el medio cinematográfico. Algo que choca si atendemos a que el cine es, de entre todas las manifestaciones artísticas, aquella que atesora un carácter más abiertamente popular y como tal un medio óptimo para la agitación y movilización colectivas.
Con todo, no puede negarse (y aquí ya entramos en las razones antes mencionadas) que, desde sus orígenes, los amos del negocio cinematográfico han primado el carácter evasivo de sus propuestas por encima de cualquier otra consideración y que aquellas películas dispuestas a interceder sobre el ánimo militante de los espectadores según los postulados de la agitprop mantuvieron su carácter diferencial. Al menos hasta la llegada de Goebbels. Él como ministro alemán de propaganda percibió enseguida que una película musical como El gran amor (Die grosse Liebe, 1942, Rolf Hansen), en su evocación del romance entre un noble militar nazi y una cantante de cabaret, inflamaba el ánimo de las masas, predisponiéndolas a favor de la causa del Reich, de un modo mucho más preciso que todos los documentales de exaltación rodados previamente por  Leni Riefenstahl. Las (interesantísimas) teorías de Goebbels sobre la utilización de los géneros cinematográficos con fines propagandísticos ajustados a la naturaleza del mensaje, estado de ánimo o coyuntura sobre los que se pretende incidir en cada momento, están expuestas en sus Diarios, de los que hay una edición en español publicada años ha por Plaza & Janés dentro de aquella colección mítica llamada “El arca de papel”.
Sobre esta misma idea pero desde una óptica totalmente divergente (y no sólo en lo ideológico sino también prescindiendo del carácter interesado, retorcido y maquiavélico de las disposiciones goebbelsianas) incidió Antonio Grmasci, uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano, cuando en sus escritos desde las cárceles fascistas, abogó por la necesidad de avanzar hacia un arte nacional-popular. ¿Qué quiere decir esto? Pues ni más ni menos que un arte basado en fórmulas de aceptación masivas que sin renunciar a su naturaleza popular ni a su dimensión lúdica (entretener), se concretase en obras no de evasión sino de implicación, que confrontasen al espectador con la naturaleza del proyecto político que se deseaba para el país: generando debate, incitando a la reflexión, vehiculando ideas… etc. Esta apuesta se encuentra en el germen de lo que se dio en llamar “commedia all’italiana” que surgió por oposición al folclorismo naif del llamado “neorrealismo rosa”, celebración de lo pintoresco sin más ambición que el exaltar los pequeños placeres de la vida ligados a la supervivencia sin que en dicha exaltación cupiera juzgar la naturaleza de los personajes protagonistas de estas obras, quienes en sus picardías proyectaban los pecadillos veniales del ciudadano medio ante la mirada complaciente (y cómplice) de los cineastas encargados de filmar estos argumentos cuya máxima expresión la encontraríamos en la serie Pan amor y…
Con el estreno de Rufufú (I soliti ignoti, 1958) de Mario Monicelli, la “Commedia all’italiana” adquiere carta de naturaleza y por primera vez se conforma todo un género cinematográfico a la medida del pueblo sin tomar al pueblo por imbécil. Es más, la comedia sirve de coartada para confrontar al espectador con su pasado reciente analizando la posición del ciudadano medio frente al fascismo (Los años rugientes, 1962 de Luigi Zampa), respecto de la toma de conciencia y de la lucha contra aquél (Todos a casa, 1960 de Luigi Comencini), frente a la evolución sociopolítica del propio país (Una vida difícil, 1961 de Dino Risi) o de manera caustica respecto del espejismo del boom (La escapada, 1962) también de Risi. Pero de entre todos estos cineastas acaso fue Monicelli el que emprendió esa revisión de los postulados de Gramsci, respecto a la necesidad de avanzar hacia un cine nacional-popular, de un modo más frontal.
Ajeno a las trampas de la condescendencia que conducen irremisiblemente a halagar al espectador por encima de cualquier otra consideración (basta con ver sus primeros trabajos con Totò y confrontarlos con otras obras al servicio del Príncipe napolitano realizadas por destajistas a su servicio), Monicelli siempre usó la comedia para articular reflexiones críticas, teñidas de amargura y de circunspección ante el devenir de los tiempos. Sus trabajos no es que fueran desesperanzados, más bien se ajustaban a un canon de representación “verista”;  tan “verista” que a veces podían llegar a desvirtuar el género deslizándolo hacia el drama (La gran guerra) o a hacer de la desmitificación un ejercicio de furia sin paliativos (todo lo referente al honor de caballería medieval en el díptico Brancaleone).
Pero acaso sea en I Compagni (1963) donde de un modo más singular estalla la tragicómica melancolía de Monicelli a la hora de reflejar las miserias y contradicciones de una ciudadanía presa de tensiones irresolubles. Acaso sea también esta contundente obra, ambientada en el Turín de los últimos años Revolución Industrial, el más poderoso fresco jamás realizado sobre los múltiples obstáculos y atropellos que el proletariado ha tenido que asumir en la conquista de su emancipación, y de serlo lo es porque lejos de plantearnos una epopeya al uso, plagada de clichés, donde las fanfarrias se impongan sobre el discurso, I compagni es una obra poderosamente discursiva. Y ¿qué quiere decir discursiva? ¿panfletaria?, ni de lejos; ¿hagiográfica?, mucho menos; antes bien estamos ante una película lúcida, coherente, valiente donde un escenario indigno de aridez y resignación se ilumina, de repente, gracias al despertar a la solidaridad de las rudas conciencias de quienes lo pueblan. De este modo, inspirados por un intelectual (figura maravillosamente incorporada por Marcello Mastroianni cuyo alcance alegórico merecería por sí mismo un debate al margen), que les trae las bienaventuranzas del socialismo, este grupo de obreros industriales alcanza a asumir el concepto de justicia social hasta hacerlo motor de su lucha. ¿Resultado de la misma? Obviamente sucumbirán ante el poder (y ante sus propias dudas). El camino hacia la conquista de la emancipación es largo, el enemigo y su arsenal infinitamente poderoso. Pero la aparente derrota trae consigo la victoria del inconformismo, de la no resignación, de la lucha no como medio sino como fin.
Todas estas reflexiones las articula Monicelli respetando fórmulas de representación eminentemente populares, no cabe el proselitismo en su retrato de las condiciones laborales, humanas e individuales de este conglomerado de almas a la deriva. Antes cabe el humor (que surge como mecanismo de defensa ante la tragedia) y el dolor: las máscaras del teatro, risa y llanto.
Este mes de Mayo, que hemos inaugurado con la enésima celebración del Día Internacional del Trabajo,  se antoja una buena época para disfrutar de esta quasidesconocida obra de uno de los grandes realizadores de todos los tiempos (no ya sólo del cine italiano sino universal). Hasta hace poco se antojaba difícil ver I compagni en parte porque la dictadura franquista imposibilitó que se estrenase jamás en España desnaturalizando su recorrido comercial. Se ha exhibido en Filmotecas y cine-clubs, sí, y en los 90 circuló una edición semi clandestina y horrenda del  film en VHS. Hace unos meses, sin embargo, Llamentol la sacaba en DVD (en una edición digna para lo que se acostumbra a editar por estos lares). Gracias a ella podré disfrutar periódicamente de I compagni como lo hago con todas aquellas películas que emocionalmente me han marcado a lo largo de mi vida (revisándolas semestral o anualmente) y, de paso, comprobaré su eficacia como herramienta de reflexión en estos tiempos de incertidumbre, en los que un futuro ignoto y, a lo que se intuye, nada halagüeño, aconseja mirar al pasado para ser conscientes de quienes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, las tres grandes preguntas que sostuvieron el proyecto cinematográfico de la “Commedia all’italiana” desde sus primeros ánimos combativos hasta su irremediable degeneración hacia postulados de puro cinismo y progresiva pérdida de confianza en la voluntad humana por conquistar espacios de plena libertad.












Fin août, début septembre



Por Roy Bean
Fin août, début septembre (1998) Finales de Agosto, principios de Septiembre
Olivier Assayas



Olivier Assayas



Reparto (Imdb)

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Gabriel
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Anne
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Adrien
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Jenny
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Jérémie
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Lucie
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Véra

La película   de   Assayas  consiste  en  una cadena de breves escenas, formadas por seis segmentos que van desde “momento u horas” hasta “meses”. Se trata de una cadena de breves escenas de encuentros y desencuentros, aproximaciones y rechazos, de varios personajes que viven en un casi continuo conflicto de estado intelectual , emotivo o ambos y relacionados entre si a través de la figura de otro, en este caso el escritor Adrian Willer (François Cluzet). Escenas separadas por fundidos en negro, donde se van intercambiando los personajes. El hecho de que ese personaje que está gravemente enfermo  y que  aglutina a los demás protagonistas,  sea un escritor y otros trabajen en el mundo editorial o en un programa  televisivo sobre escritores, predispone a ver  y a entender también Finales de Agosto principios de Septiembre como un film sobre la literatura, lo cual avalarían algunos apuntes en los diálogos en torno al estado al entorno de la sociedad actual. (¿Valen las historias para contar el mundo, tal  y como puede suceder con la música o con el propio cine y su lenguaje visual?)
Tenemos pues a un escritor que afirma que no escribe historias sino su visión personal del mundo, que se siente incomodo ante las cámaras de televisión si no tiene a un interlocutor y quién se dice que le gusta “utilizar a la gente”; y en torno a él un hombre treintañero que lo admira, Gabriel (Mathieu Amarlic) , quien pasa de encargarse precisamente de ese programa literario televisivo, a la coordinación de una Enciclopedia sobre escritores, cambio necesario por otra parte,  a un editor que se lamenta  de las situación del mundo editorial sin reconocer que gran parte de la culpa recae en él, a lectores que discuten la obra póstuma de Willer y a correctores de pruebas . Por encima de todo Assayas, que asume el pensamiento de Adrian Willer y en lugar de contarnos una historia ofrece, como decía antes, segmentos  de unos personajes que  van y vienen de un lado a otro, esbozan proyectos, se relacionan y dejan de relacionarse, sin mostrar verdadero placer por nada a la hora, mientras se hace notar sobre ellos el  paso del tiempo, aproximándolos cada vez mas a ese cementerio donde se reunirán  para el entierro del novelista. La película es una especie de homenaje a la N. Vague, tomar como pretexto al escritor para derivar hacia los libros, para hablar del propio cine, desde el gusto por la literatura y las citas literarias hasta el rodaje con escenas con cámara en mano, la forma de filmar exteriores o interiores (por ejemplo en los bares) por no señalar también los continuos paseos que dan los personajes. Apunta entonces,  a la necesidad de cada autor por expresar su visión del mundo, que debería ser el sentido final del arte. Detrás de sus personajes hay conflicto, hay densidad, hay vida incluso cuando los ex amantes se reúnen para intentar vender el piso donde habían convivido, o cuando comparten una cena familiar, o van simplemente a comprar tabaco, compran un rasca y gana o rellenar una quiniela.

Gabriel parece entrar tras la muerte de su querido amigo Adrian, en una fase de su existencia quizás más madura al mostrarse crítico con el último trabajo apenas terminado de su amigo,  o cómo la joven amante del escritor , la adolescente Vera (Una  jovencísima Mía Hansen Love, que  retendrá parte de las “formas” de cine segmentado para su próximo, todavía lejos, debut en el cine, años más tarde) que besa a un muchacho ante la mirada de Gabriel tras el cristal de un bar donde ambos se encuentran casualmente,  pues Vera no conoce a Gabriel, y el sólo la conoce por una fotografía, otro de los secretos que Adrian se llevó con él. Para resumir ante una falta de historia como tal (qué la hay) podríamos compendiar la película de Assayas como una cadena de secuencias, separadas por fundidos en negro, que vinculan, por el fallecido Adrian y su muerte, la llegada de un Otoño existencial para todos sus protagonistas, a todos nos llega nuestro Otoño...


























08/05/2013

Vivement Dimanche! / Vivamente el Domingo

Vivement Dimanche/ Georges Delerue



por J.C. Vinuesa


Vivement Dimanche! (1983) Vivamente el domingo
Francois Truffaut


F. Truffaut


Reparto (Imdb)
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Julien Vercel
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Massoulier (the priest)
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Maitre Clement
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Supt. Santelli
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Bertrand Fabre



Truffaut fue posiblemente uno de los más grandes expertos del cine. Dotado de un magnífico sentido para elegir sus proyectos, antes los observa de forma analítica. No fue Godard, evidentemente, ni un “francotirador” de lo nuevo, ni un esteta elucubrador. Guionista en su origen de la que fue el pistoletazo de la nouvelle-vague, À bout de soufflé y desmitificador del Film d´Art. Sin embargo se inclinó por la narración pura, es decir; sujeto, verbo y predicado. Una historia, unos personajes, lirismo e intimidad, las emociones psíquicas. Muchos afirman que Truffaut siempre ha hecho la misma película. La nostalgia de la adolescencia, su romanticismo empedernido, sean solo, tal vez el entusiasmo por su vida, de su “acabar bien las cosas”, como el divertido final de Vivamente el domingo. 

Vivamente el domingo no es una comedia policíaca de las que ahora están de moda. Es un revival auténtico del género, un homenaje a los maestros, que él mismo descubrió y revalorizó. Con esta película cumple la deuda contraída con el cine americano, y el cine americano con él, en una correspondencia de amantes bien avenidos. Es como los antiguos homenajes de Bodganovich a Hollywood. Respiraba clasicismo, pero también un dinamismo actual. Emuló a los grandes, pero en realidad se copia a si mismo en su propio estilo, 



Hitchcok y Ford, Renoir y Hawks, El hombre que sabía demasiado, La regla del juego. Están todos. Y todo lo que hace falta para construir una comedia policíaca, los personajes, la ciudad, los coches, los teléfonos, las armas, el amor… el blanco y negro en la pantalla. Perfecto revival. Todo el clasicismo policíaco dentro. Y una agilidad narrativa vertiginosa, envolvente, más actual. 


Tres cadáveres, tres besos y la vida secreta de una esposa asesinada se articulan para contar una historia de crímenes, y también de amor. Y Truffaut sigue fiel a sus principios: su afición a lo policíaco y su romanticismo de auténtico sabor francés.. Y es excepcional la forma en que va tejiendo los misterios hasta hacerse intrigante. Se sirve de un auténtico desfile de personajes anecdóticos divertidos, de sospechosos que van llamando la atención del espectador hasta adueñarse de él. El encerramiento forzoso del protagonista acentúa la investigación exterior de la improvisada detective. La narración progresa de forma implacable manteniendo ocultos los datos importantes de la intriga. Sólo se descubrirá a cuentagotas, en flash-back. Es la técnica de Hitchock pulida de ingredientes psicológicos, sociales o morales. Es en definitiva la lucha de un hombre ayudado por su secretaria contra un destino que le ha puesto en contra. Una existencia cotidiana sacudida por el ramalazo de lo extraordinario, de aquí arranca el film de este director. 

Su otra gran dimensión es la visual. Prima la acción sobre las explicaciones verbales, a veces pesadas en autores consagrados. La utilización del blanco y negro es otro elemento importante. Truffaut se vale de su camarógrafo habitual, el añorado Néstor Almendros, para crear una atmósfera misteriosa, los personajes en contornos imprecisos, la bruma, la lluvia, el claroscuro, que hacen dudar al espectador de la precisión y le acercan al misterio, a lo sospechoso. No es un juego con el espectador, sino que le invita a una participación abierta, además de ser ingredientes necesarios para el caso. Los interiores están perfectamente estudiados para colocar la cámara en el lugar adecuado y aportar la mayor información con economía de planos. Pero nada extraña, porque Truffaut es un maestro de interiores, de la unidad visual-emocional. 

Fanny Ardant, que debutará con él en La mujer de al lado hace una interpretación inteligente, sentida, y no puede evitar evocarnos a Pippa Guard, aquella magnífica “detective” de Un trabajo no apropiado para mujeres de Chris Petit. Esto, más la excelente música del habitual Delerue logran una película completa, con diálogos ágiles y humor fino como la canela. A pesar de estar basada en una novela menor de Charles Williams, no puede envidiar las adaptaciones de Chandler, McCoy… Porque Truffaut, a parte de los secretos ocultos, ha transmitido como siempre, ese halo de complicidad dulce, para que el espectador deguste.











07/05/2013

The Hitch-Hiker / El autoestopista



On the waterfront / L. Bernstein


Por Roy Bean

The Hitch-Hiker - (1953) - El autoestopista
Ida Lupino


Ida Lupino


Reparto (Imdb)

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Roy Collins
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Gilbert Bowen
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Emmett Myers
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Captain Alvarado (as Jose Torvay)

Primera reseña que escribo sobre una directora de el Hollywood clásico ( me consta que hay alguna más) Ida Lupino, que además de actriz , tuvo una producción alternativa de siete u ocho películas, algunas sin acreditar.
Sin duda la que ha llegado a convertirse en la más famosa, o incluso en una película de culto de serie B ha sido esta The Hicht Hiker ó El Autoestopista, una producción de 1953.  En principio, para disfrutar del film no hay que hacerse demasiadas preguntas y aceptar eso que le gusta tanto a mi amigo Sergio llamado Verosímil Fílmico; es decir no interrogarse a propósito por que tal o cual suceso ha ocurrido así, o por que escoge, por ejemplo a esa pareja de protagonistas Roy Collins (Edmon Obrien) y Gilbert Bowen (Frank Lovejoy) que deciden irse a pasar unos días de pesca antes de encontrarse en la carretera a su pesadilla Emmett Myers (William Talman) un peligroso asesino que amenazándolos con un a pistola les obliga a desviarse de su camino para llevarlos a una población Mexicana donde tiene proyectado huir en un ferry.
Este tipo de argumento, quizás no demasiado popular en su momento,  tiene su apogeo en los setenta, ochenta y actualmente, con esas películas de jóvenes que en su viaje de vacaciones o de un fin de semana, en principio tranquilo, se encuentran con un psicópata asesino o un ser monstruoso. El caso es que el Autoestopista no se trata exactamente de una película de terror.
Las primeras escenas de la película consisten en unos crímenes cometidos fuera de campo, expresados a partir de las piernas de un hombre que va caminando por una carretera, sube a un vehículo y lo abandona después de los asesinatos, de los cuales se hace eco la prensa y comienza a ser buscado en varios estados. El primer caso tiene el añadido de unos gritos de una mujer en off. En el segundo, el crimen queda sugerido por la imagen de un coche que se aleja por la carretera después de que el asesino ha subido a él El tercer vehículo que aparece es en el que van nuestros dos protagonistas Roy y Gilbert, lo vemos subir a su coche, sin que nunca se nos muestre su rostro. Desconocemos bastante sobre Gilbert y Roy, que son descritos con breves pinceladas, propio de la serie B y en su condición de hombres corrientes (Uno es mecánico y el otro delineante). Decía que no había que hacerse muchas preguntas porque lo lógico sería que esa pareja de “hombres corrientes” sería su nuevo objetivo criminal, y porqué elige  precisamente a estos para realizar su viaje?…. El primer signo de que sus planes se han torcido, no es tanto  la pistola con la que Emmett (El autoestopista) los amenaza desde el asiento posterior del vehículo, cuando por fin podemos verle el rostro, con una alucinada expresión,  que no deja demasiadas dudas que se trata de un tipo verdaderamente peligroso. Esa expresión es una de las principales bazas que la película juega a su favor ( y en especial en los ojos de Emmet, que posee la facultad de dormir manteniendo un ojo abierto). En el momento que el autoestopista deja de ser sólo unas piernas caminando y le vemos su rostro, el viaje se convertirá en una pesadilla para los dos amigos, quienes se verán obligados a cargar  con él y afrontar la amenaza que pende sobre sus vidas. A través de un largo camino por carreteras solitarias y de un paisaje abrupto, que se convierte en el mejor aliado que tuvo Lupino para su película. La trama es previsible, pero esos paisajes le añaden una gran fuerza visual, con sus  elevaciones rocosas y espacios desérticos, la idea de soledad plasmada visualmente, y cuanto más abierto aparecen más cerrado resulta a posibles intervenciones exteriores. En el relato se va colocando algún incidente, sin demasiado protagonismo, para evitar la monotonía y es en otro tipo de escenas donde la tensión  se hace mucho más eficaz, como en la acampada junto a la fogata y el plano de Emmet Myers durmiendo con el ojo semiabierto. El hecho de que los tres sean estadounidenses en su paso por México introduce el matiz de la incomunicación, aunque Gilbert farfulle algunas palabras en Español. Pesadillas como las que cuenta este pequeño gran film apuntan , en definitiva, a que lo monstruoso siempre ha anidado entre nosotros.Si les apetece descubrir el final les animo a que le echen un vistazo…J